lunes, 15 de octubre de 2007

Rodríguez Zapatero y el resfriado español

Hablando la semana pasada sobre la monumental gresca que ahora mismo divide a las dos familias editoriales que pugnan por el favor de La Moncloa, Prisa y Mediapro, mi colega y amigo Antonio Casado, vecino de columna, me facilitó una de esas claves que ayudan a entender muchas de las cosas que están ocurriendo en España en los últimos tiempos. Me dijo que José Luis Rodríguez Zapatero está convencido de que la inmensa mayoría de los españoles por encima de los 47 años, justo la edad del pavo, están anclados en el pasado y no entienden nada de lo que está ocurriendo, no captan el trazo largo de su política de hombre de Estado de nuevo cuño: “Sois de otra generación”, suele remachar, disculpando la incapacidad de la gente de edad para comprenderle.

Naturalmente que encabezando el ranking de quienes no se enteran de la misa la media de lo que está sucediendo en la España de Zapatero se encuentra el Partido Popular, en general, y su dirección, en particular, algunos de cuyos miembros tienen para él más o menos la edad de Viriato, pastor lusitano: “no entienden nada de lo que está pasando en este país”. El mismo juicio, entre displicente y altivo, merece Juan Luis Cebrián y el establishment del grupo Prisa: “son de otra generación”. Y naturalmente buena parte, si no todo, del viejo Partido Socialista Obrero Español (PSOE), empezando por Felipe González, siguiendo por Alfonso Guerra, y terminando por la amplia mayoría de la militancia socialista.

Los modernos, los que están en la onda, los que entienden su alambicado diseño para España y los españoles son, naturalmente, sus amigos de Mediapro, los Roures, Contreras, Barroso, De Paz y compañía; son los Zerolos, las ministras de cuota, se supone que sus hijas, quintaesencia de la España moderna que alumbra entre los dolores de un parto de violencia en el País Vasco, de quema de fotos del Monarca en Cataluña, y de abucheos al presidente del Gobierno de la nación en el día de la Fiesta Nacional en Madrid. La España que aletea indecisa entre el resquemor sordo, profundo, de una sociedad crispada y partida en dos como pocas veces lo estuvo en los últimos 30 años. Y todo porque no hemos entendido nada.

No entendemos el brillo cegador de sus ansias infinitas de paz, ni el halo mágico de su Alianza de Civilizaciones, ni la fuerza de su amistad con los Evo, los Hugo, los Fidel, los Néstor del Nuevo Mundo. No entendemos ni su política, ni sus razones. Lo confundimos todo. Confundimos su “España serena” con la España anestesiada que ansían los bribones que quieren acabar con ella. Nos asegura que España está “más fuerte que nunca” (el sábado, en Toledo) y no somos capaces de advertir tal fortaleza, ciegos como estamos. Somos de otra generación y nos alarmamos por nada, siendo así que él sabe muy bien que los ataques de España “ni siquiera son un resfriado”.

De modo que el 70%, tal vez el 80% de los españoles nos hemos convertido para el tipo genialoide que hoy ocupa la presidencia del Gobierno en una antigualla, mentes obtusas de un inconsciente colectivo que sería necesario reciclar en el diván del doctor Freud, tal vez incluso peor: en una mercancía averiada, un reloj sin cuerda cuyo destino él mismo ha previsto en su Ley de Dependencia. No somos más que un estorbo que dificulta y retrasa la realización de esa España distinta que nos tiene reservada.

Y, ¿qué tipo de España es esa? ¡Ah, eso es un completo misterio! Ocurre que el juguete no lleva manual de instrucciones. No hay hoja de ruta. La especialidad del genio que nos preside es la improvisación. Los melones de la política, por muy grandes que sean, se abren en canal y de un tajo, sin que sea precisa la existencia previa de un plan para hacer frente a contingencias futuras. Se abre la negociación con ETA sin requisitos previos y sobre la base de la infinita ansia de paz que le embarga. La negociación termina en fracaso, pero la culpa no es suya, sino de unos terroristas que también son “de otra generación”. Tampoco los de la pistola le entienden.

Y en esas andamos. Este es el personaje, un jacobino del cambio por el cambio, un revolucionario romántico salido de la primera promoción de la Facultad de Derecho de León, que no es precisamente Cambridge, sin más crédito político que haber permanecido muchos años sentado y silente en el Congreso de los Diputados, aunque secretamente imbuido del peligroso afán de volver España del revés sin haber pedido antes opinión a los españoles. Esta es la senda que conduce a las generales de marzo de 2008. Eso es lo que está en juego. En cinco meses los españoles tendrán que decidir si otorgan a nuestro apóstol, nuestro particular Lytton Strachey y sus chicos de Bloomsbury, un nuevo salvoconducto capaz de permitirles terminar la faena de esa nueva España que tantos millones de españoles "de otra generación" no somos capaces de prever ni comprender.

El rufianismo en el poder

Debo confesar cierta predisposición en el juicio. Por eso -y por los precedentes que conozco en el siglo pasado que tanto me ha ocupado- no estoy sorprendido ni por la miseria moral que se despliega desde el Gobierno de España, ni por el sistema multiplicador de la mentira que se ha organizado en torno al mismo, ni por la complacencia, la sumisión y la cobardía que revelan tantos silencio o comprensiones obsequiosas. Soy de los españoles que están más indignados por el insulto a la inteligencia y a la dignidad que supone la mera sugerencia de que acatemos los designios diseñados por los gobernantes que por algunos de los hechos que implican en sí. Sin alarma porque tengo esperanza. Mis nietos se reirán con Muñoz Seca y se emocionarán con García Lorca, sabrán que Goethe no era un facha ni Bulgakov un reaccionario. Entonces nazis y chequistas serán, espero, historia. Y Zapatero, De la Vega o Blanco anécdotas con el juicio que merecen.
Mi querido Jon Juaristi dibujaba ayer un manto de sarcasmo para protegerse de su indignación ante la vileza de las iniciativas sobre «memoria histórica» con que el sectarismo gobernante nos insulta. Sabe muy bien -nos debatimos entre la estupefacción y la náusea- que nada escrito o argumentado con buena fe y honestidad intelectual puede hacer mella en lo que Thomas Mann y Sebastián Haffner -y otros testigos de la generación de odio- calificaron como «la venganza del rufián».
Los errores y la ceguera, la ambición total, la debilidad culpable o la confusión moral son elementos que vuelven y volverán siempre a escena allá donde los humanos compitan entre sí por poder, razón, favor y supremacía. Pero igual que no existe antídoto contra la locura de poder «shakesperiana», ni contra la maldad ni el placer de la demencia, no existe vacuna contra quienes viven en la categoría política del rufianismo, basado en la mentira y la mala fe, porque sólo el resentimiento, la envidia y la venganza los hace ambiciosos e implacables. En su imprescindible «Jekyll y Hyde», Haffner hizo una magnifica disertación cuasi antropológica de motivaciones, ambiciones e instintos de los caracteres que engrosaban los «camisas pardas».
Dos décadas después, Milovan Djilas, en la «Nueva clase» y sus memorias, describe a subproducto de la «selección negativa» que usurpa los intereses del Estado mediante la mentira sobre los hechos presentes y pasados. Michael Voslenski en su «Nomenklatura» hablaba de los mismos elementos. Anna Ajmátova o Joseph Brodsky -y tantos más- son igual de explícitos. Con el «rufianismo» que utiliza la mentira contumaz servida a diario.
Confieso mi predisposición hostil a quienes en tres años y medio han dinamitado las instituciones con una efectividad destructiva jamás habida en una democracia europea en tiempos de paz. Responsables son el ahora autodenominado Gobierno de España y su equipo que secuestró la dignidad del PSOE y hoy busca el odio barato y antiguo como recurso para defender su impunidad, su ineptitud, su amoralidad, su temeridad y su ignorancia.
Siento esas náuseas de Marcel Reich-Ranicki ante los rufianes del nazismo y del comunismo. Y la de sus obsequiosos lacayos. Siento la náusea de Karl Krauss, cuando hablaba de la grosera mentira de la pieza mísera del poder, aterrado de perder su triste papel. Más allá del asco, lamento no ver la ira de Krauss convertirse en dignidad ciudadana. Porque si dicha selección negativa que lleva a la peor catadura a triunfar no tiene respuesta digna quizás estemos ante lo que ni los más miserables pretenden ni los demás merecemos.