Y ahora el análisis de Luis del Pino sobre la carta de Pedroj
Pues he de decir que no creo en la hipótesis central que plantea Pedro J. en su carta dominical: la de la posible colaboración entre etarras e islamistas. Por supuesto que ETA ha colaborado y sigue colaborando con grupos terroristas de todo tipo, incluidos los islámicos. Y por supuesto que esa colaboración con islamistas de cara a la ejecución de un atentado reportaría a ETA beneficios indudables. Pero eso son consideraciones teóricas. Yendo a los detalles prácticos, lo cierto es que las pruebas que nos han presentado son falsas, por lo que no nos queda otro remedio que concluir que la trama islámica que han sentado en el banquillo no tiene nada que ver con los atentados. Por tanto, las hipotéticas relaciones entre esa trama islámica y ETA serían irrelevantes de cara al 11-M. Si en los trenes no estalló Goma2-ECO, ¿qué importa, por ejemplo, la conexión de Trashorras o de los "suicidas" de Leganés con ETA?
Más interesante es la transcripción de la conversación que Pedro J. mantuvo con Zapatero aquel 11-M por la noche, así como el análisis que el director de El Mundo realiza de esa conversación. ¿Estaba Zapatero difundiendo una mentira entre los medios de comunicación (la presencia de suicidas en los trenes) de manera deliberada? ¿O también él fue intoxicado por quienes, desde la cúpula policial y de los servicios de inteligencia, manejaron los tiempos entre el 11-M y el 14-M? La disyuntiva es: ¿participó Zapatero en la elaboración de la mentira o se limitó a difundir un rumor en el que él creía sinceramente?
Pedro J. se apunta a esta última alternativa, en línea con alguna otra carta dominical de hace unos meses en la que reflexionaba sobre la detención de Mikel Antza y se preguntaba si existen en las estructuras del estado grupos que funcionan de manera autónoma del poder político.
¿Tiene razón Pedro J. cuando defiende la "buena fe" de aquel Zapatero que se dedicó durante la tarde-noche del 11-M a difundir la mentira de los suicidas de los trenes? Pues a lo mejor la tiene. A lo mejor Zapatero difundió aquel embuste completamente convencido de que era cierto. Pero, en realidad, es irrelevante si Zapatero actuó de buena o mala fe aquella tarde del 11-M. Lo importante es que era un embuste y si Zapatero pudo creer en su veracidad aquel día, después ha tenido tres años de tiempo para salir de su error. Y en esos tres años de tiempo la labor de su gobierno no ha estado dirigida a aclarar ante la opinión pública ni ése ni los demás embustes que componen la versión oficial, sino todo lo contrario.
Durante tres años, Zapatero, como máximo responsable del Gobierno, ha estado haciendo lo posible y lo imposible por ocultar a los españoles lo que sucedió el 11-M. Ha estado haciendo lo posible y lo imposible por defender esa mentira oficial con la que se ha estado tapando a los auténticos responsables de aquella matanza. Ha estado tres años, por tanto, mintiendo conscientemente a los españoles.
Desde ese punto de vista, ¿qué más da si en ese caso concreto de la tarde del 11-M mintió deliberadamente o no? Seguirá siendo igualmente un mentiroso.
domingo, 15 de abril de 2007
La joint venture
Interesantísimo artículo de Pedroj hoy en El Mundo. Plantea la posibilidad de que el 11-m haya sido un atentado basado en una cooperación ETA-islamistas. Esa es una de las opciones barajadas por los conspiracionistas. Es posible, pero también habría que considerar la participación de personas en los CyFSE aunque sólo fuese para trampear la kangoo. No tengo muy claro si tirar por aquí o por otras opciones. De todos modos que no han sido (sólo) los islamistas (o sin sólo quiza) lo tengo cada vez mas claro. Las dudas que tenía se van desvaneciendo poco a poco. Las casualidades ya tienen un número enorme para que sean casualidades y no algo preparado. Ahora, caso de que el PSOE no estuviese implicado habría que ver si sabía lo que estaba pasando y se ha dedicado a engañar a mucha gente y a movilizar a muchos otros que simplemente le tenían ganas al PP.
Bueno, este es el documento:
La 'joint venture'.(Carta de PedroJ en El Mundo)
A las 10 de la noche del 11 de marzo de 2004 el aún líder de la oposición José Luis Rodríguez Zapatero me hizo su tercera llamada telefónica de la jornada. Su tono nada tenía que ver ni con el abatimiento de por la mañana («Nunca sabes lo que te puede deparar el destino») ni con la tensa resignación de primera hora de la tarde («Que sepas que estábamos en empate técnico y que el domingo podía pasar cualquier cosa. Ahora ya no, claro»). Esta semana, repasando más de tres años después la transcripción de las notas que, con bastante detalle, tomé sobre la marcha, me he dado cuenta de su enorme relevancia informativa y de mi obligación de divulgarlas sin esperar a incluirlas en un hipotético futuro libro.
Esta fue la conversación, en la que él entró directamente en materia:
- Bueno, menudo vuelco ha dado esto...
- Lo dices por lo de la cinta coránica en la furgoneta y lo de la reivindicación islámica en Londres...
- Y lo peor es que el Gobierno lo sabe desde primera hora de la tarde y está ocultando la información.
- ¿Qué quieres decir?
- Me ha llamado Aznar a media tarde para contarme lo de la furgoneta. Mira, menudo personaje. Me alegro de no haber sido amigo suyo. Menudo personaje, es una mala persona. Mira la llamada que me ha hecho por la mañana. Ya te lo contaré porque no es para hablarlo por teléfono.
- ¿Tan grave ha sido?
- Me ha llegado a decir con todo retintín: «Bueno, espero que nadie dude de que esto ha sido un atentado...».
- Eso es por la tontería que dijo Ibarra de que la caravana de la muerte de ETA en Cuenca a lo mejor la había puesto el Gobierno.
- Pero, oye, cuando hay 200 cadáveres, ¿cómo se puede hablar así? Yo sé que tú has sido amigo suyo...
- No, tú estás siendo injusto con él y yo sigo siendo amigo suyo. Lo que no sé es si él sigue siendo amigo mío y si tú tienes algo que ver con ello...
- Saben desde hace horas que ha sido Al Qaeda pero no lo quieren reconocer... Mira, yo sé por medios policiales que se han encontrado ya incluso restos de uno o dos de los suicidas.
- ¿Estás seguro de eso?
- Es una información que nos llega de dentro. Oye, hemos gobernado durante 13 años y tenemos gente dentro.
- Creo que os habéis puesto de acuerdo sobre la manifestación de mañana...
- Bueno, de acuerdo por decir algo. Aznar me ha dicho que la manifestación la convocaba el Gobierno y que el lema lo ponía él. Chico, yo... ¿qué vas a decir? Pero lo lógico es que la manifestación la hubiéramos convocado los partidos. ¿No te parece que lo normal es que hubiera habido una reunión en la Moncloa de todos los partidos?
- En eso tienes razón.
- O por lo menos del Pacto Antiterrorista.
- Desde luego... ¿Pero por qué estás tan seguro de lo de Al Qaeda?
- Estamos en contacto con la gente de Kerry. Tienen topos en la Casa Blanca y les han dicho que aunque avalen oficialmente la tesis del Gobierno sobre ETA, ya saben que ha sido Al Qaeda.
- ¿Oye, y no ha podido ser una faena a medias, una especie de joint venture?
- Eso es lo que dice Felipe, que ha sido un trabajo por encargo de ETA. Sería la primera vez que pasa algo así.
Con la perspectiva actual me ratifico en el diagnóstico de que Aznar se equivocó gravemente en la gestión política de la crisis y en esta conversación están las claves de sus errores.
Pero de lo transcrito también se deduce, a la luz de todos los indicios acumulados desde entonces, que alguien en el seno de las Fuerzas de Seguridad conocía un guión según el cual entre la furgoneta de Alcalá y la mochila de Vallecas debían aparecer los restos de terroristas suicidas como definitiva marca de la casa del integrismo islamista. Mi única duda es si, además de conocer el guión, ese alguien había contribuido también a pergeñarlo.
A juzgar por las nuevas conversaciones que mantuvimos durante los días siguientes no me cabe ninguna duda de que Zapatero creía a pies juntillas lo de los kamikazes. Incluso el domingo mientras yo volvía de votar me dijo que tenía datos de que se habían encontrado restos de hasta tres suicidas y que el tiempo lo demostraría. Lo que yo recuerdo no era, como sugirió el PP en la Comisión de Investigación, la actitud de quien está intoxicando a un periodista, sino el prurito de probar que tenía mejores fuentes de información que yo.
Pero aun siendo esto extraordinariamente relevante, lo que de verdad me ha impulsado a evocar todo aquello ha sido la parte final de la charla, puesta en combinación con las referencias que ETA hizo al 11-M el pasado fin de semana en la entrevista publicada en Gara y con los últimos avatares de la vista oral por la matanza. Es cierto que fui yo quien invoqué la hipótesis de la colaboración entre etarras e islamistas y que Zapatero se mostró escéptico, pero en medio quedó la espontánea referencia a que González sostenía que eso era lo que había ocurrido.
Aunque uno de sus ideólogos más notorios, el dirigente de Batasuna José María Olarra, ya había hecho en sendos artículos un par de referencias en el mismo sentido, la del domingo fue la primera vez que ETA estableció una relación de causa a efecto entre la masacre -dice que fue uno de los «factores» desencadenantes- y lo que define como «proceso para la resolución del conflicto vasco» en el marco de una «segunda reforma del Estado español». Junto a ese reconocimiento expreso de su condición de gran beneficiaria del cambio de gobierno y de política antiterrorista derivados de la tragedia, llama la atención el lenguaje de ETA al mencionar «los ataques armados del 11-M», perfectamente coherente con la atribución que Otegi hizo en caliente a la «resistencia árabe».
Podría pensarse que, mientras no aparezcan pruebas que la vinculen a los hechos, a ETA no le viene mal que la sombra de la sospecha fertilice la leyenda de su maquiavelismo. Pero la deducción más obvia es que ETA no quiere condenar lo ocurrido e incluso lo asimila semánticamente a su propia «lucha armada», desdeñando una oportunidad única de trazar una raya de gran eficacia propagandística entre la matanza indiscriminada de civiles y la «ejecución» selectiva de políticos, policías u otras personas que representan o simbolizan los obstáculos para esa «resolución del conflicto vasco».
Debería bastar que la propia interesada agitara tan desafiantemente su bandera, recordándonos que la doctrina del qui prodest sigue siendo uno de los mejores abrelatas lógicos de cualquier enigma criminal, para que esa hipótesis, en la que concurrí aquella tarde del 11-M con quien durante tantos años me había considerado su Némesis, continuara siendo debatida e investigada hasta apurar todas las posibilidades humanas de confirmarla o desmentirla.
Pero si junto a ello nos encontramos con la montaña de elementos indiciarios que, jornada tras jornada, van saltando persistentes en la sartén de la sala de justicia habilitada en la Casa de Campo, sólo quienes -tal vez para compensar la recién curada miopía de Zapatero- sufran de una hipermetropía moral o política tan aguda que les impida no ver nada de lo que ocurre ante sus mismísimas narices, pueden desechar de plano esa interpretación.
Que en la izquierda y sus medios periodísticos proliferen las víctimas de esta epidemia de cegatos no debe extrañar a nadie, pues no hay enfermo más feliz que el que se lo hace y obtiene partido de ello. Lo verdaderamente extraordinario es el caso del alcalde de Madrid y su menguado boletín propagandístico, que parecen empeñados en comunicar cada mañana a sus votantes, seguidores, suscriptores y anunciantes que la verdad y la razón en el gran debate que desde aquellos idus de marzo sacude y angustia a la sociedad española corresponde por completo a sus adversarios. Aceptar la evidencia y encajar con elegante fair play una derrota -como por ejemplo lo hizo Zaplana la noche del 14-M- es algo que honra a todo buen competidor. Pero rendirse preventivamente como viene haciendo Gallardón con contumacia digna de mejor causa no es una muestra de centrismo sino de estupidez política. Juegue usted primero el partido y ya analizaremos después el resultado. O por lo menos deje de chutar contra la propia portería. O por lo menos disimule, señor alcalde, para que no se le noten tanto las ganas de anotar a favor del equipo visitante.
Comprendo que haya quien se inflame de ira y catalogue como infamia que precisamente sea el alcalde de la ciudad en la que se fraguó y consumó la masacre quien más ansioso parezca por asfixiar bajo la losa de la burocracia administrativa y la prosopopeya judicial cualquier esfuerzo en pos de la verdad de lo ocurrido.
Yo creo que resulta mucho más eficaz conservar la calma y situar a este excelente gestor y pésimo dirigente político ante el espejo de la información de la que todos disponemos. ¿De verdad cree Gallardón que una instrucción durante la que se permitió el desguace de los trenes sin tan siquiera practicar una prueba pericial sobre los explosivos acorde con los requerimientos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal fue «profesional» y «minuciosa»? ¿De verdad cree Gallardón que «si hubiera relación con ETA ya habría salido durante la instrucción», cuando desde el episodio del ácido bórico hasta el de la mención de Trashorras a la relación de El Chino con los etarras de Cañaveras, pasando por las consignas de silencio a Cartagena o la supresión de los datos aportados por el tal Omar a la Policía, existe ya una pléyade de pruebas que demuestra que su prima la fiscal y el patético Del Olmo fueron víctimas complacientes de una acción sistemática de obstrucción a la Justicia para yugular cualquier pista que condujera a ETA? Y, por último, ¿de verdad cree Gallardón con su formación jurídica, con su perfecto conocimiento del derecho procesal, que «si al final ETA ha tenido algo que ver, aparecerá reflejado en la sentencia», cuando lo único que podrá hacer el tribunal es pronunciarse sobre la culpabilidad o inocencia de los acusados y sobre si el relato del Ministerio Público y las acusaciones privadas se corresponden o no con los hechos probados?
Dejemos al alcalde en su laberinto autodestructivo y volvamos al otro lado del río. Por mucho que se empeñe el ideólogo de la bodeguilla de los GAL, ni al juez Bermúdez y sus compañeros, ni menos aún al PP o a los contados medios que seguimos investigando sin prejuicios, nos corresponde establecer una verdad alternativa sobre el 11-M. Ni es nuestra misión, ni sobre todo disponemos de los instrumentos legales para ello.
A lo máximo que puede llegar el tribunal es a deducir testimonio en relación a los presuntos nuevos delitos que encuentre por el camino -por ejemplo contra los policías que no hayan colaborado adecuadamente con la justicia, como ha ocurrido con Díaz de Mera- y a suscitar con su sentencia nuevas investigaciones sobre todo aquello que no considere suficientemente aclarado. Lo que no va a decir el tribunal es que ha sido la ETA. Entre otras razones porque no hay ningún etarra en el banquillo.
En cuanto a la prensa, nuestro papel no es dictar sentencias, sino descubrir hechos y aportar elementos de juicio. Seguiremos haciéndolo subrayando que en el sumario no se aclara por qué ETA robó o recogió uno de sus coches bomba precisamente en el callejón del mismo Trashorras con el que, según al menos cuatro testigos, mantenía vínculos relacionados con el tráfico de explosivos.
Tampoco se aclara por qué se produjo la simultaneidad de las dos caravanas de la muerte ni si es cierto o no que entre sus conductores -El Chino y los etarras de Cañaveras- existieran lazos personales, tal y como el policía Parrilla ha declarado que aseguró Trashorras.
Tampoco se aclara quiénes fueron los etarras con quienes intimó en la cárcel -uno de ellos le dio, según Omar, sus primeras lecciones de terrorismo- este Jamal Ahmidan que inmediatamente antes del 11-M traficaba con drogas en el País Vasco, tiraba de pistola en el País Vasco y aseguraba proveerse de armas y explosivos en el País Vasco.
Tampoco se aclara quiénes fueron los misteriosos visitantes que El Chino cobijó en secreto en la casa de Morata, protegiéndolos de cualquier indiscreción hasta de sus más íntimos colaboradores, en los días en los que supuestamente se prepararon allí las bombas con móviles
Tampoco se aclara ni por qué ni para qué el álter ego de Allekema Lamari conservaba en su celda los nombres y direcciones de etarras caracterizados por su línea dura, además de la fórmula habitual con la que la banda fabrica la cloratita.
Tampoco se aclaran cuáles fueron las palabras exactas que empleó este Abdelkrim Benesmail cuando el socialista y espía asturiano Fernando Huarte le pidió su opinión sobre la colaboración con el terrorismo vasco, toda vez que la propia nota del CNI, en vez de seguir transcribiendo la conversación, resume elípticamente su actitud diciendo que «justifica y apoya las reivindicaciones de ETA».
Es inevitable que la flagrante falta de una investigación policial digna de tal nombre en relación a todos estos aspectos esté pesando cada día más en el análisis que especialistas de la seguridad del Estado hacen del desarrollo de la vista oral, desde un punto de vista estrictamente profesional. Si algo han puesto de relieve los interrogatorios a los acusados y testigos es que ni los fallecidos en Leganés ni los que se sientan en el banquillo tenían capacidad tecnológica para preparar un atentado de tanta precisión. Además no fueron ellos, sino unos supuestos «búlgaros» quienes compraron los teléfonos.
Complementariamente y, aunque tampoco consta en el sumario, estos analistas tienen muy en cuenta que el ingeniero electrónico de ETA Tomás Elgorriaga Kunze había desarrollado en 2002 una técnica para manipular los móviles y utilizar su despertador como iniciador de una explosión, idéntica a la que presuntamente se utilizó el 11-M.
Unase a todo ello el hallazgo en los restos de los focos de nitroglicerina y DNT, que no son componentes de esa Goma 2 ECO que los asturianos pudieron facilitar a los islamistas, sino del Titadyn o la Goma 2 EC, y se entenderá que cada día vaya cobrando más cuerpo entre los expertos la tesis de que ETA habría aportado asistencia logística a los autores de la masacre. Los términos de su hipotética joint venture están perfectamente recogidos en la denuncia que el confidente Cartagena hizo llegar al tribunal, cuando relata lo que otro islamista radical le dijo en presencia del acusado Said Berraj: «A los de ETA les vendría muy bien colaborar con islamistas en actos terroristas en lugares públicos. Por un lado porque así no estaría hecho por ellos mismos y conseguirían su objetivo; y por otro lado, porque obtendrían un beneficio económico -cobrándoselo tal vez en droga, apunto yo- con la venta de explosivos».
Nada de esto va a quedar demostrado ni hoy, ni mañana, ni el día de la sentencia. Pero con tantas vías y pistas abiertas, la investigación seguirá adelante. Tendría gracia -si no se tratara de algo tan trágico- que un día se comprobara que las dos primeras personas en intuir lo sucedido, o al menos en contárselo a Zapatero, hubiéramos sido Felipe González y yo.
Bueno, este es el documento:
La 'joint venture'.(Carta de PedroJ en El Mundo)
A las 10 de la noche del 11 de marzo de 2004 el aún líder de la oposición José Luis Rodríguez Zapatero me hizo su tercera llamada telefónica de la jornada. Su tono nada tenía que ver ni con el abatimiento de por la mañana («Nunca sabes lo que te puede deparar el destino») ni con la tensa resignación de primera hora de la tarde («Que sepas que estábamos en empate técnico y que el domingo podía pasar cualquier cosa. Ahora ya no, claro»). Esta semana, repasando más de tres años después la transcripción de las notas que, con bastante detalle, tomé sobre la marcha, me he dado cuenta de su enorme relevancia informativa y de mi obligación de divulgarlas sin esperar a incluirlas en un hipotético futuro libro.
Esta fue la conversación, en la que él entró directamente en materia:
- Bueno, menudo vuelco ha dado esto...
- Lo dices por lo de la cinta coránica en la furgoneta y lo de la reivindicación islámica en Londres...
- Y lo peor es que el Gobierno lo sabe desde primera hora de la tarde y está ocultando la información.
- ¿Qué quieres decir?
- Me ha llamado Aznar a media tarde para contarme lo de la furgoneta. Mira, menudo personaje. Me alegro de no haber sido amigo suyo. Menudo personaje, es una mala persona. Mira la llamada que me ha hecho por la mañana. Ya te lo contaré porque no es para hablarlo por teléfono.
- ¿Tan grave ha sido?
- Me ha llegado a decir con todo retintín: «Bueno, espero que nadie dude de que esto ha sido un atentado...».
- Eso es por la tontería que dijo Ibarra de que la caravana de la muerte de ETA en Cuenca a lo mejor la había puesto el Gobierno.
- Pero, oye, cuando hay 200 cadáveres, ¿cómo se puede hablar así? Yo sé que tú has sido amigo suyo...
- No, tú estás siendo injusto con él y yo sigo siendo amigo suyo. Lo que no sé es si él sigue siendo amigo mío y si tú tienes algo que ver con ello...
- Saben desde hace horas que ha sido Al Qaeda pero no lo quieren reconocer... Mira, yo sé por medios policiales que se han encontrado ya incluso restos de uno o dos de los suicidas.
- ¿Estás seguro de eso?
- Es una información que nos llega de dentro. Oye, hemos gobernado durante 13 años y tenemos gente dentro.
- Creo que os habéis puesto de acuerdo sobre la manifestación de mañana...
- Bueno, de acuerdo por decir algo. Aznar me ha dicho que la manifestación la convocaba el Gobierno y que el lema lo ponía él. Chico, yo... ¿qué vas a decir? Pero lo lógico es que la manifestación la hubiéramos convocado los partidos. ¿No te parece que lo normal es que hubiera habido una reunión en la Moncloa de todos los partidos?
- En eso tienes razón.
- O por lo menos del Pacto Antiterrorista.
- Desde luego... ¿Pero por qué estás tan seguro de lo de Al Qaeda?
- Estamos en contacto con la gente de Kerry. Tienen topos en la Casa Blanca y les han dicho que aunque avalen oficialmente la tesis del Gobierno sobre ETA, ya saben que ha sido Al Qaeda.
- ¿Oye, y no ha podido ser una faena a medias, una especie de joint venture?
- Eso es lo que dice Felipe, que ha sido un trabajo por encargo de ETA. Sería la primera vez que pasa algo así.
Con la perspectiva actual me ratifico en el diagnóstico de que Aznar se equivocó gravemente en la gestión política de la crisis y en esta conversación están las claves de sus errores.
Pero de lo transcrito también se deduce, a la luz de todos los indicios acumulados desde entonces, que alguien en el seno de las Fuerzas de Seguridad conocía un guión según el cual entre la furgoneta de Alcalá y la mochila de Vallecas debían aparecer los restos de terroristas suicidas como definitiva marca de la casa del integrismo islamista. Mi única duda es si, además de conocer el guión, ese alguien había contribuido también a pergeñarlo.
A juzgar por las nuevas conversaciones que mantuvimos durante los días siguientes no me cabe ninguna duda de que Zapatero creía a pies juntillas lo de los kamikazes. Incluso el domingo mientras yo volvía de votar me dijo que tenía datos de que se habían encontrado restos de hasta tres suicidas y que el tiempo lo demostraría. Lo que yo recuerdo no era, como sugirió el PP en la Comisión de Investigación, la actitud de quien está intoxicando a un periodista, sino el prurito de probar que tenía mejores fuentes de información que yo.
Pero aun siendo esto extraordinariamente relevante, lo que de verdad me ha impulsado a evocar todo aquello ha sido la parte final de la charla, puesta en combinación con las referencias que ETA hizo al 11-M el pasado fin de semana en la entrevista publicada en Gara y con los últimos avatares de la vista oral por la matanza. Es cierto que fui yo quien invoqué la hipótesis de la colaboración entre etarras e islamistas y que Zapatero se mostró escéptico, pero en medio quedó la espontánea referencia a que González sostenía que eso era lo que había ocurrido.
Aunque uno de sus ideólogos más notorios, el dirigente de Batasuna José María Olarra, ya había hecho en sendos artículos un par de referencias en el mismo sentido, la del domingo fue la primera vez que ETA estableció una relación de causa a efecto entre la masacre -dice que fue uno de los «factores» desencadenantes- y lo que define como «proceso para la resolución del conflicto vasco» en el marco de una «segunda reforma del Estado español». Junto a ese reconocimiento expreso de su condición de gran beneficiaria del cambio de gobierno y de política antiterrorista derivados de la tragedia, llama la atención el lenguaje de ETA al mencionar «los ataques armados del 11-M», perfectamente coherente con la atribución que Otegi hizo en caliente a la «resistencia árabe».
Podría pensarse que, mientras no aparezcan pruebas que la vinculen a los hechos, a ETA no le viene mal que la sombra de la sospecha fertilice la leyenda de su maquiavelismo. Pero la deducción más obvia es que ETA no quiere condenar lo ocurrido e incluso lo asimila semánticamente a su propia «lucha armada», desdeñando una oportunidad única de trazar una raya de gran eficacia propagandística entre la matanza indiscriminada de civiles y la «ejecución» selectiva de políticos, policías u otras personas que representan o simbolizan los obstáculos para esa «resolución del conflicto vasco».
Debería bastar que la propia interesada agitara tan desafiantemente su bandera, recordándonos que la doctrina del qui prodest sigue siendo uno de los mejores abrelatas lógicos de cualquier enigma criminal, para que esa hipótesis, en la que concurrí aquella tarde del 11-M con quien durante tantos años me había considerado su Némesis, continuara siendo debatida e investigada hasta apurar todas las posibilidades humanas de confirmarla o desmentirla.
Pero si junto a ello nos encontramos con la montaña de elementos indiciarios que, jornada tras jornada, van saltando persistentes en la sartén de la sala de justicia habilitada en la Casa de Campo, sólo quienes -tal vez para compensar la recién curada miopía de Zapatero- sufran de una hipermetropía moral o política tan aguda que les impida no ver nada de lo que ocurre ante sus mismísimas narices, pueden desechar de plano esa interpretación.
Que en la izquierda y sus medios periodísticos proliferen las víctimas de esta epidemia de cegatos no debe extrañar a nadie, pues no hay enfermo más feliz que el que se lo hace y obtiene partido de ello. Lo verdaderamente extraordinario es el caso del alcalde de Madrid y su menguado boletín propagandístico, que parecen empeñados en comunicar cada mañana a sus votantes, seguidores, suscriptores y anunciantes que la verdad y la razón en el gran debate que desde aquellos idus de marzo sacude y angustia a la sociedad española corresponde por completo a sus adversarios. Aceptar la evidencia y encajar con elegante fair play una derrota -como por ejemplo lo hizo Zaplana la noche del 14-M- es algo que honra a todo buen competidor. Pero rendirse preventivamente como viene haciendo Gallardón con contumacia digna de mejor causa no es una muestra de centrismo sino de estupidez política. Juegue usted primero el partido y ya analizaremos después el resultado. O por lo menos deje de chutar contra la propia portería. O por lo menos disimule, señor alcalde, para que no se le noten tanto las ganas de anotar a favor del equipo visitante.
Comprendo que haya quien se inflame de ira y catalogue como infamia que precisamente sea el alcalde de la ciudad en la que se fraguó y consumó la masacre quien más ansioso parezca por asfixiar bajo la losa de la burocracia administrativa y la prosopopeya judicial cualquier esfuerzo en pos de la verdad de lo ocurrido.
Yo creo que resulta mucho más eficaz conservar la calma y situar a este excelente gestor y pésimo dirigente político ante el espejo de la información de la que todos disponemos. ¿De verdad cree Gallardón que una instrucción durante la que se permitió el desguace de los trenes sin tan siquiera practicar una prueba pericial sobre los explosivos acorde con los requerimientos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal fue «profesional» y «minuciosa»? ¿De verdad cree Gallardón que «si hubiera relación con ETA ya habría salido durante la instrucción», cuando desde el episodio del ácido bórico hasta el de la mención de Trashorras a la relación de El Chino con los etarras de Cañaveras, pasando por las consignas de silencio a Cartagena o la supresión de los datos aportados por el tal Omar a la Policía, existe ya una pléyade de pruebas que demuestra que su prima la fiscal y el patético Del Olmo fueron víctimas complacientes de una acción sistemática de obstrucción a la Justicia para yugular cualquier pista que condujera a ETA? Y, por último, ¿de verdad cree Gallardón con su formación jurídica, con su perfecto conocimiento del derecho procesal, que «si al final ETA ha tenido algo que ver, aparecerá reflejado en la sentencia», cuando lo único que podrá hacer el tribunal es pronunciarse sobre la culpabilidad o inocencia de los acusados y sobre si el relato del Ministerio Público y las acusaciones privadas se corresponden o no con los hechos probados?
Dejemos al alcalde en su laberinto autodestructivo y volvamos al otro lado del río. Por mucho que se empeñe el ideólogo de la bodeguilla de los GAL, ni al juez Bermúdez y sus compañeros, ni menos aún al PP o a los contados medios que seguimos investigando sin prejuicios, nos corresponde establecer una verdad alternativa sobre el 11-M. Ni es nuestra misión, ni sobre todo disponemos de los instrumentos legales para ello.
A lo máximo que puede llegar el tribunal es a deducir testimonio en relación a los presuntos nuevos delitos que encuentre por el camino -por ejemplo contra los policías que no hayan colaborado adecuadamente con la justicia, como ha ocurrido con Díaz de Mera- y a suscitar con su sentencia nuevas investigaciones sobre todo aquello que no considere suficientemente aclarado. Lo que no va a decir el tribunal es que ha sido la ETA. Entre otras razones porque no hay ningún etarra en el banquillo.
En cuanto a la prensa, nuestro papel no es dictar sentencias, sino descubrir hechos y aportar elementos de juicio. Seguiremos haciéndolo subrayando que en el sumario no se aclara por qué ETA robó o recogió uno de sus coches bomba precisamente en el callejón del mismo Trashorras con el que, según al menos cuatro testigos, mantenía vínculos relacionados con el tráfico de explosivos.
Tampoco se aclara por qué se produjo la simultaneidad de las dos caravanas de la muerte ni si es cierto o no que entre sus conductores -El Chino y los etarras de Cañaveras- existieran lazos personales, tal y como el policía Parrilla ha declarado que aseguró Trashorras.
Tampoco se aclara quiénes fueron los etarras con quienes intimó en la cárcel -uno de ellos le dio, según Omar, sus primeras lecciones de terrorismo- este Jamal Ahmidan que inmediatamente antes del 11-M traficaba con drogas en el País Vasco, tiraba de pistola en el País Vasco y aseguraba proveerse de armas y explosivos en el País Vasco.
Tampoco se aclara quiénes fueron los misteriosos visitantes que El Chino cobijó en secreto en la casa de Morata, protegiéndolos de cualquier indiscreción hasta de sus más íntimos colaboradores, en los días en los que supuestamente se prepararon allí las bombas con móviles
Tampoco se aclara ni por qué ni para qué el álter ego de Allekema Lamari conservaba en su celda los nombres y direcciones de etarras caracterizados por su línea dura, además de la fórmula habitual con la que la banda fabrica la cloratita.
Tampoco se aclaran cuáles fueron las palabras exactas que empleó este Abdelkrim Benesmail cuando el socialista y espía asturiano Fernando Huarte le pidió su opinión sobre la colaboración con el terrorismo vasco, toda vez que la propia nota del CNI, en vez de seguir transcribiendo la conversación, resume elípticamente su actitud diciendo que «justifica y apoya las reivindicaciones de ETA».
Es inevitable que la flagrante falta de una investigación policial digna de tal nombre en relación a todos estos aspectos esté pesando cada día más en el análisis que especialistas de la seguridad del Estado hacen del desarrollo de la vista oral, desde un punto de vista estrictamente profesional. Si algo han puesto de relieve los interrogatorios a los acusados y testigos es que ni los fallecidos en Leganés ni los que se sientan en el banquillo tenían capacidad tecnológica para preparar un atentado de tanta precisión. Además no fueron ellos, sino unos supuestos «búlgaros» quienes compraron los teléfonos.
Complementariamente y, aunque tampoco consta en el sumario, estos analistas tienen muy en cuenta que el ingeniero electrónico de ETA Tomás Elgorriaga Kunze había desarrollado en 2002 una técnica para manipular los móviles y utilizar su despertador como iniciador de una explosión, idéntica a la que presuntamente se utilizó el 11-M.
Unase a todo ello el hallazgo en los restos de los focos de nitroglicerina y DNT, que no son componentes de esa Goma 2 ECO que los asturianos pudieron facilitar a los islamistas, sino del Titadyn o la Goma 2 EC, y se entenderá que cada día vaya cobrando más cuerpo entre los expertos la tesis de que ETA habría aportado asistencia logística a los autores de la masacre. Los términos de su hipotética joint venture están perfectamente recogidos en la denuncia que el confidente Cartagena hizo llegar al tribunal, cuando relata lo que otro islamista radical le dijo en presencia del acusado Said Berraj: «A los de ETA les vendría muy bien colaborar con islamistas en actos terroristas en lugares públicos. Por un lado porque así no estaría hecho por ellos mismos y conseguirían su objetivo; y por otro lado, porque obtendrían un beneficio económico -cobrándoselo tal vez en droga, apunto yo- con la venta de explosivos».
Nada de esto va a quedar demostrado ni hoy, ni mañana, ni el día de la sentencia. Pero con tantas vías y pistas abiertas, la investigación seguirá adelante. Tendría gracia -si no se tratara de algo tan trágico- que un día se comprobara que las dos primeras personas en intuir lo sucedido, o al menos en contárselo a Zapatero, hubiéramos sido Felipe González y yo.
sábado, 14 de abril de 2007
Una señora
Dos artículos de Rosa Díez que merecen la pena de verdad. Que lástima que muchos socialistas no vayan por el mismo camino.
Gente corriente
«Los verdaderamente malos son pocos; lo más peligroso es la gente corriente» - Primo Levi
Esta sentencia de Primo Levi podría haber sido escrita a la luz de lo que ocurre en el País Vasco. Pero él pensaba en los campos de exterminio nazis cuando hizo esa reflexión. Levi hablaba para estudiantes, en el transcurso del periplo universitario que organizó una vez concluido su libro «Si esto es un hombre». Respondía así a la pregunta de unos alumnos sobre la maldad. Levi describía con esas palabras la falta de piedad de los alemanes corrientes, esa inmensa mayoría que veía cómo desaparecían sus vecinos sin preguntarse qué había sido de ellos.
Pensaba en la «gente de orden» que veía el humo de los crematorios y se limitaba a taparse la nariz. Pensaba en las «buenas gentes» que cruzaban de acera para no saludar a un judío con el que habían compartido celebraciones familiares unos días antes de que fueran señalados por los nazis como enemigos de la raza aria. Pensaba en todos aquellos que prohibieron a sus hijos jugar con los hijos de los «malditos judíos». Levi pensaba en la buena gente que, de repente, perdió hasta la piedad.
Si Levi hubiera vivido en Euskadi y en nuestro tiempo podría haber hecho la misma afirmación refiriéndose a los nacionalistas. En el País Vasco no hay limpieza étnica porque resultaría imposible: estamos tan mezclados, es tan mestiza nuestra sociedad, que tendrían que matarse entre ellos. Por eso aquí se puso en marcha la limpieza ideológica.
Somos tan «iguales» que tuvieron que empezar a matarnos para hacernos diferentes. Ahora ya somos diferentes. A los judíos los distinguían por su «estrella de David»; a nosotros, «los vascos diferentes», nos distinguen porque nunca vamos solos. Nosotros, «los vascos diferentes», somos los que tenemos la capacidad de movimiento restringida; ellos son los que disfrutan de todos los derechos que la Constitución española nos reconoce como ciudadanos. Nosotros, «los vascos diferentes», somos los que vivimos amenazados; ellos son los que viven en libertad.
Antonio Aguirre fue agredido por un genuino representante de la «gente corriente», de la «buena gente», de esa «gente de orden» que milita en el partido que gobierna Euskadi desde que hay democracia en España. Los dirigentes del PNV han exculpado inmediatamente al agresor: «perdió los papeles», «está apesadumbrado por la imagen del partido que ha dado, llevado por la tensión del momento», «se sintió acosado», «no quiere ensuciar el buen nombre del partido». Ni una sola palabra de disculpa hacia el agredido. El agredido es culpable; el agresor, una pobre víctima que «perdió los papeles». Buena gente.
Nada más peligroso que una situación en la que los dirigentes de un partido político de gobierno disculpan la agresión a un militante de un movimiento cívico, embozándose en la mentira y en la superioridad moral del agresor: «le conocemos de siempre...», «les provocaron...». Los «provocadores» eran siete. Los provocados, mil. Y, según se puede escuchar en los diferentes videos colgados en internet, «los mil provocados» consideraban «españoles de mierda» a esos siete magníficos que osaban enfrentarse a la «pacífica» manifestación. Bueno, también les llamaban «asesinos», y «cerdos», y «asquerosos». Pero lo que sin duda pasará a los anales de los batzoquis será cómo fue posible que siete «españoles de mierda» consiguieran acorralar a mil vascos de pura cepa...
Da miedo. Sobre todo después de escuchar a la portavoz del Gobierno vasco decir que «están planteándose denunciar al Foro Ermua por la contramanifestación (¿?)». Tiene razón Antonio Aguirre cuando dice en la entrevista publicada en El Correo que el problema ya no es que el Gobierno no te defienda; lo grave es que es el propio Gobierno el que te pone en la diana. Aunque Aguirre nos recuerda a todos que «... los primeros que nos empezaron a llamar fachas y extrema derecha fueron Odón Elorza y José Antonio Pastor. Entonces les solicité que no pusieran al Foro en el punto de mira de ETA».
Da miedo la impunidad que algunos dirigentes de los partidos democráticos prestan a la violencia y a los violentos. Da miedo porque conocemos y recordamos la historia. El «ciudadano corriente» que el lunes agredió a Aguirre no sólo no ha sido amonestado, sino que ha sido públicamente disculpado por su propia formación política y por el Gobierno vasco. El «ciudadano corriente» trabajó para el Departamento de Interior del Gobierno vasco, vamos, para la autoridad. Si lo que él hizo es comprendido y exculpado por el Gobierno vasco y por el partido que sustenta al Gobierno de España, ¿por qué razón un chaval vasco, educado en el odio y en la mentira, no va a coger primero un spray, después un cóctel molotov y finalmente, cuando se la den, una pistola para abatir a esos «españoles de mierda», «asesinos», «asquerosos», que hay que dejar morir en el suelo?
Les contaré una cosa que me sucedió hace unos cuantos años, concretamente a finales de 1998 o principios de 1999. Fue en Guernica, en el acto de juramento de Ibarretxe como lendakari, tras las elecciones de la tregua. Los socialistas habíamos abandonado el Gobierno en junio de ese mismo año; la tregua se declaró en septiembre; las elecciones se celebraron en octubre. Tal y como tenían pactado en Lizarra con ETA, los nacionalistas del PNV y EA, con la adherencia de Madrazo, constituyeron un gobierno apoyado por Ternera y los suyos. Les recuerdo que el PSE había gobernado con el PNV doce años.
Pues bien, a la entrada de la Casa de Juntas se arremolinaban los simpatizantes de las formaciones políticas nacionalistas, claramente diferenciados en bandos: los que iban a jalear a los borrokas y la «buena gente» que iba enfervorizada a aplaudir a sus líderes del PNV. Pasamos por delante de los borrokas sin ningún tipo de problema; el gesto adusto; la mirada huidiza y cobarde; el aspecto de no haberse duchado en una semana... Vamos, vestidos para ejercer de lo que son.
Unos metros por delante de mí iba Ardanza. A la entrada justo de la finca, en la verja, unas enfervorizadas emakumes le besaban y aplaudían; él les correspondía sonriente y amable. Llegamos nosotros cuando aquellas mujeres vestidas de domingo, con aspecto de madres y abuelas de familia bien, todavía estaban saboreando la emoción. Se giraron y nos vieron. Yo acababa de dejar de ser consejera, tras siete años de gobierno con Ardanza. Las miré con normalidad, diría que sonriente, y seguí hablando con mi compañero. Hasta que empezamos a pasar entre ellas: «Ala, fastídiate, se os acabó lo bueno, por fin os vais, ya estamos con los nuestros...» «Huy, que pena tendrás, eh, maja?» «Pues os fastidiáis, ya estamos juntos, que bastante habéis estado en el Gobierno...». «Hala, españoles, iros por ahí...». No nos lo podíamos creer.
Recuerdo haberme acercado a Ardanza a contárselo:
-«Oye, lendakari, tu gente nos está insultando; es como si creyeran que os hemos robado algo durante estos doce años que hemos compartido gobierno; parece que aquí no ha cambiado nada de fondo, que os habéis vuelto a asilvestrar, que estábais locos por echarnos...».
-Pero Rosa, ¿cómo dices eso? Serán de los otros...
-No lendakari, no; son de los tuyos.
-¿Pero por qué lo sabes?, ¿les conoces?
-No, pero hay signos externos inconfundibles: peinadas de peluquería, las joyas de los domingos... y los besos que te han dado. Salvo que me digas que las que te han besado eran de Batasuna...
-(...)
Esa es la gente corriente, la que se aprovecha de nuestra falta de libertad para medrar en política, y en la vida. La que nos «tolera», sin considerarnos nunca «de los suyos». La que no mueve un dedo por protegernos. La que llama presos políticos a los asesinos y clama por sus «derechos» mientras permite que nos excluyan y persigan por reivindicar los derechos fundamentales que la Constitución nos reconoce.
Levi explica en el citado libro cómo la despersonalización, la deshumanización del individuo o colectivo declarado enemigo, era vital para llegar a la solución final sin ningún tipo de remordimiento. Los judíos, los gitanos, los comunistas, los homosexuales... no eran humanos para los nazis: eran sólo enemigos de la raza aria, una amenaza para la pureza de su sangre. Estaban «obligados» a eliminarlos si querían conservar un bien mayor, la raza pura, el ideal humano. Pero al lado de esos fanáticos que teorizaban y diseñaban los planes de exterminio estaba la gente corriente. Esa «buena gente» comprendió enseguida hasta qué punto podían beneficiarse de la desaparición de tantos alemanes, o polacos..., de tantos compatriotas mejor cualificados que ellos mismos; y dejaron aflorar sus más bajos instintos. Tardaron poco en sentirse cómodos, aceptando que los nuevos excluidos, en el fondo, nunca habían sido de los suyos, que siempre les habían tenido envidia de los judíos, que llegaron de otros lugares y fueron capaces de progresar y llegar más lejos que ellos, que siempre habían temido al diferente, al de otra cultura, al de otra condición sexual... Los ideólogos de la solución final fueron pocos; los ejecutores, bastantes más, pero nada hubiera sido posible si millones de «buenos alemanes» no se hubieran comportado como los buenos vascos que siguen en Euskadi las consignas del «partido guía». Ese «partido guía» liderado por ese ejemplo de moderación, esa perla blanca llamada Josu Jon Imaz.
Tiene razón Aguirre: es el PNV quien nos pone en la diana, y nuestros dirigentes del PSE, quienes asienten con la cabeza o callan. Si a quienes discrepamos -seamos socialistas o no- nos llaman crispadores o nos invitan a irnos al PP -al que previamente han calificado como «derecha extrema»-; si el lendakari le dijo hace nada en el Parlamento vasco a María San Gil: «Ustedes representan lo peor de este país» -de un país en el que hay terroristas-, ante el silencio cómplice del PSE; si Diego López Garrido dijo hace dos días en el Congreso de los Diputados que «el PP es un arma de destrucción masiva», ¿qué pueden pensar los que tienen las pistolas y la costumbre de actuar poniendo la teoría en práctica? ¿Puede alguien extrañarse de que muchos de nosotros nos sintamos más abandonados, más solos que nunca?
No es éste un artículo optimista. No hay motivos. Llamar a las cosas por su nombre es la mejor contribución que se puede hacer para intentar que las cosas cambien. Como dijo Hanna Arendt a su vuelta del exilio norteamericano, indignada por la pasividad e indiferencia de sus compatriotas ante su responsabilidad histórica, «describir los campos de exterminio sin ira no es ser objetivo, sino indultarlos».
Valga esta reflexión y esta denuncia para que si nuestros nietos nos preguntan algún día: «¿tú qué hiciste cuando pasaba eso?», podamos darles una respuesta mirándoles a los ojos.
La "buena gente"
La "buena gente" no sólo habla desde la supuesta superioridad de su raza o el pueblo primigenio al que presume de pertenecer. La buena gente suele hablarnos también desde una supuesta superioridad moral de una supuesta izquierda; una izquierda cuyos límites ellos mismos definen y cuyos carnés de pertenencia ellos mismos otorgan.
La "buena gente" es ésa que dictamina quiénes han dejado de ser de los suyos, y quiénes deben irse a militar en otro partido político, al que previamente han calificado de extrema derecha o -haciendo la gracieta del día- de derecha extrema.
La "buena gente" condena los atentados y los seguimientos a demócratas acreditados; es la misma buena gente que previamente les ha calificado como «teóricos de la extrema derecha» y se ha jactado de que «no les ven nunca paseando...» por donde ellos presumen de pasear con total impunidad ante la bestia.
La "buena gente" es la que señala -personal y/o colectivamente- a aquellos que considera impulsores y colaboradores activos de un partido político al que previamente y en los mismos medios han calificado como defensores de una nueva guerra civil. Es la misma buena gente que acusa al partido al que adscribe a los amenazados de desear que ETA vuelva a matar.
La "buena gente" es la que se levanta por la mañana con «ganas de pegar dos tiros a más de uno», pero que defiende con denuedo que con ETA las cosas sólo se arreglan dialogando. Tiros para los discrepantes, buenas maneras y sonrisa abierta para los que tienen pistolas; corderos en la calle, lobos en casa.
La "buena gente" es la que lleva al Pleno de su municipio una declaración contra el Foro Ermua, exigiendo que ese colectivo cívico deje de utilizar el nombre de su pueblo porque «criminalizan el diálogo». La buena gente es la que, para no crispar y para estar a bien con quien manda, se pliega y no le importa criminalizar a quienes son objetivamente las víctimas. Esa buena gente también puede pasear ahora tranquila en ese pueblo; el que no podía pasear tranquilo era Miguel Angel Blanco.
La "buena gente" suele estar «muy preocupada» porque Batasuna no pueda presentarse a las elecciones. Es tan buena gente que legalizarían al partido nazi en Alemania para que todos estuvieran contentos; es tan buena gente que quieren que los que defienden las ideas que exigen de la aniquilación del contrario para llevarse a cabo puedan competir en las urnas con los representantes de los partidos políticos a los que quieren eliminar. Es esa misma buena gente que no se preocupa, que le parece que forma parte del paisaje que centenares de ciudadanos salgan de casa cada día con escoltas. Y que decenas de concejales no conozcan en sus pueblos a uno solo de sus votantes. Porque votan pero callan; porque el miedo campa por sus anchas en Euskadi; salvo para algunos, claro.
La "buena gente" llama por teléfono rápidamente cuando se sale en los papeles de ETA. Esa buena gente suele olvidar -cuando muestra dolorosa su pesar- que antes de que se salga en esos papeles alguien -tantas veces próximo a quien llama- calificó al receptor de la llamada como «enemigo del proceso» y como amigo de la ultraderecha que quiere una nueva guerra civil; es esa misma buena gente que considera que Otegi es un hombre de paz o que declara que De Juana Chaos está en «el proceso».
La "buena gente" aparece enseguida cuando hay un muerto; son la misma buena gente que olvida decir a la familia del asesinado que llevan meses reuniéndose con su enemigo.
La "buena gente" es la que manda a buscar aguiluchos en las banderas que se exhiben en las manifestaciones de la AVT, el PP o Foro Ermua; es esa misma gente que no ve los cuervos asesinos con rostro humano en las manifestaciones de todos los viernes en Bilbao y San Sebastián; ni en las fotos de los terroristas que portan los participantes de la korrika, esa manifestación cultural-deportiva, subvencionada con fondos públicos, que se supone nació para defender el euskara -que, como todo el mundo sabe, está perseguidísimo en Euskadi-, y que se convierte cada año en un alarde y reivindicación del nacionalismo obligatorio, del exclusivismo lingüístico y del terrorismo asesino.
Hay algunos dentro de esa "buena gente" que hasta tienen mala conciencia. Razones no les faltan. Pero ésos suelen ser los peores; porque se saben traidores a lo más sagrado, a la convivencia con el sufrimiento, a las confidencias, a las debilidades expresadas... Y para salvarse han de huir hacia delante, han de descalificar personalmente a aquéllos a los que han expulsado del redil en el que están sus nuevos dioses. Son las «criaturas ministeriales» que citaba Savater rememorando a Schopenhauer.
Hay que tener mucho cuidado con tanta "buena gente". A poco que te descuides se ofrecen para organizarte el funeral.
Si yo fuera creyente afirmaría que si Jesucristo estuviera entre nosotros echaría del templo y a patadas a tanta "buena gente". Como a los fariseos. Pero como no parece que eso vaya a ocurrir, nos toca a nosotros quitarles la careta. Y señalarles y mirarles con todo el desprecio que se merecen los cobardes que comercian con el dolor.
Gente corriente
«Los verdaderamente malos son pocos; lo más peligroso es la gente corriente» - Primo Levi
Esta sentencia de Primo Levi podría haber sido escrita a la luz de lo que ocurre en el País Vasco. Pero él pensaba en los campos de exterminio nazis cuando hizo esa reflexión. Levi hablaba para estudiantes, en el transcurso del periplo universitario que organizó una vez concluido su libro «Si esto es un hombre». Respondía así a la pregunta de unos alumnos sobre la maldad. Levi describía con esas palabras la falta de piedad de los alemanes corrientes, esa inmensa mayoría que veía cómo desaparecían sus vecinos sin preguntarse qué había sido de ellos.
Pensaba en la «gente de orden» que veía el humo de los crematorios y se limitaba a taparse la nariz. Pensaba en las «buenas gentes» que cruzaban de acera para no saludar a un judío con el que habían compartido celebraciones familiares unos días antes de que fueran señalados por los nazis como enemigos de la raza aria. Pensaba en todos aquellos que prohibieron a sus hijos jugar con los hijos de los «malditos judíos». Levi pensaba en la buena gente que, de repente, perdió hasta la piedad.
Si Levi hubiera vivido en Euskadi y en nuestro tiempo podría haber hecho la misma afirmación refiriéndose a los nacionalistas. En el País Vasco no hay limpieza étnica porque resultaría imposible: estamos tan mezclados, es tan mestiza nuestra sociedad, que tendrían que matarse entre ellos. Por eso aquí se puso en marcha la limpieza ideológica.
Somos tan «iguales» que tuvieron que empezar a matarnos para hacernos diferentes. Ahora ya somos diferentes. A los judíos los distinguían por su «estrella de David»; a nosotros, «los vascos diferentes», nos distinguen porque nunca vamos solos. Nosotros, «los vascos diferentes», somos los que tenemos la capacidad de movimiento restringida; ellos son los que disfrutan de todos los derechos que la Constitución española nos reconoce como ciudadanos. Nosotros, «los vascos diferentes», somos los que vivimos amenazados; ellos son los que viven en libertad.
Antonio Aguirre fue agredido por un genuino representante de la «gente corriente», de la «buena gente», de esa «gente de orden» que milita en el partido que gobierna Euskadi desde que hay democracia en España. Los dirigentes del PNV han exculpado inmediatamente al agresor: «perdió los papeles», «está apesadumbrado por la imagen del partido que ha dado, llevado por la tensión del momento», «se sintió acosado», «no quiere ensuciar el buen nombre del partido». Ni una sola palabra de disculpa hacia el agredido. El agredido es culpable; el agresor, una pobre víctima que «perdió los papeles». Buena gente.
Nada más peligroso que una situación en la que los dirigentes de un partido político de gobierno disculpan la agresión a un militante de un movimiento cívico, embozándose en la mentira y en la superioridad moral del agresor: «le conocemos de siempre...», «les provocaron...». Los «provocadores» eran siete. Los provocados, mil. Y, según se puede escuchar en los diferentes videos colgados en internet, «los mil provocados» consideraban «españoles de mierda» a esos siete magníficos que osaban enfrentarse a la «pacífica» manifestación. Bueno, también les llamaban «asesinos», y «cerdos», y «asquerosos». Pero lo que sin duda pasará a los anales de los batzoquis será cómo fue posible que siete «españoles de mierda» consiguieran acorralar a mil vascos de pura cepa...
Da miedo. Sobre todo después de escuchar a la portavoz del Gobierno vasco decir que «están planteándose denunciar al Foro Ermua por la contramanifestación (¿?)». Tiene razón Antonio Aguirre cuando dice en la entrevista publicada en El Correo que el problema ya no es que el Gobierno no te defienda; lo grave es que es el propio Gobierno el que te pone en la diana. Aunque Aguirre nos recuerda a todos que «... los primeros que nos empezaron a llamar fachas y extrema derecha fueron Odón Elorza y José Antonio Pastor. Entonces les solicité que no pusieran al Foro en el punto de mira de ETA».
Da miedo la impunidad que algunos dirigentes de los partidos democráticos prestan a la violencia y a los violentos. Da miedo porque conocemos y recordamos la historia. El «ciudadano corriente» que el lunes agredió a Aguirre no sólo no ha sido amonestado, sino que ha sido públicamente disculpado por su propia formación política y por el Gobierno vasco. El «ciudadano corriente» trabajó para el Departamento de Interior del Gobierno vasco, vamos, para la autoridad. Si lo que él hizo es comprendido y exculpado por el Gobierno vasco y por el partido que sustenta al Gobierno de España, ¿por qué razón un chaval vasco, educado en el odio y en la mentira, no va a coger primero un spray, después un cóctel molotov y finalmente, cuando se la den, una pistola para abatir a esos «españoles de mierda», «asesinos», «asquerosos», que hay que dejar morir en el suelo?
Les contaré una cosa que me sucedió hace unos cuantos años, concretamente a finales de 1998 o principios de 1999. Fue en Guernica, en el acto de juramento de Ibarretxe como lendakari, tras las elecciones de la tregua. Los socialistas habíamos abandonado el Gobierno en junio de ese mismo año; la tregua se declaró en septiembre; las elecciones se celebraron en octubre. Tal y como tenían pactado en Lizarra con ETA, los nacionalistas del PNV y EA, con la adherencia de Madrazo, constituyeron un gobierno apoyado por Ternera y los suyos. Les recuerdo que el PSE había gobernado con el PNV doce años.
Pues bien, a la entrada de la Casa de Juntas se arremolinaban los simpatizantes de las formaciones políticas nacionalistas, claramente diferenciados en bandos: los que iban a jalear a los borrokas y la «buena gente» que iba enfervorizada a aplaudir a sus líderes del PNV. Pasamos por delante de los borrokas sin ningún tipo de problema; el gesto adusto; la mirada huidiza y cobarde; el aspecto de no haberse duchado en una semana... Vamos, vestidos para ejercer de lo que son.
Unos metros por delante de mí iba Ardanza. A la entrada justo de la finca, en la verja, unas enfervorizadas emakumes le besaban y aplaudían; él les correspondía sonriente y amable. Llegamos nosotros cuando aquellas mujeres vestidas de domingo, con aspecto de madres y abuelas de familia bien, todavía estaban saboreando la emoción. Se giraron y nos vieron. Yo acababa de dejar de ser consejera, tras siete años de gobierno con Ardanza. Las miré con normalidad, diría que sonriente, y seguí hablando con mi compañero. Hasta que empezamos a pasar entre ellas: «Ala, fastídiate, se os acabó lo bueno, por fin os vais, ya estamos con los nuestros...» «Huy, que pena tendrás, eh, maja?» «Pues os fastidiáis, ya estamos juntos, que bastante habéis estado en el Gobierno...». «Hala, españoles, iros por ahí...». No nos lo podíamos creer.
Recuerdo haberme acercado a Ardanza a contárselo:
-«Oye, lendakari, tu gente nos está insultando; es como si creyeran que os hemos robado algo durante estos doce años que hemos compartido gobierno; parece que aquí no ha cambiado nada de fondo, que os habéis vuelto a asilvestrar, que estábais locos por echarnos...».
-Pero Rosa, ¿cómo dices eso? Serán de los otros...
-No lendakari, no; son de los tuyos.
-¿Pero por qué lo sabes?, ¿les conoces?
-No, pero hay signos externos inconfundibles: peinadas de peluquería, las joyas de los domingos... y los besos que te han dado. Salvo que me digas que las que te han besado eran de Batasuna...
-(...)
Esa es la gente corriente, la que se aprovecha de nuestra falta de libertad para medrar en política, y en la vida. La que nos «tolera», sin considerarnos nunca «de los suyos». La que no mueve un dedo por protegernos. La que llama presos políticos a los asesinos y clama por sus «derechos» mientras permite que nos excluyan y persigan por reivindicar los derechos fundamentales que la Constitución nos reconoce.
Levi explica en el citado libro cómo la despersonalización, la deshumanización del individuo o colectivo declarado enemigo, era vital para llegar a la solución final sin ningún tipo de remordimiento. Los judíos, los gitanos, los comunistas, los homosexuales... no eran humanos para los nazis: eran sólo enemigos de la raza aria, una amenaza para la pureza de su sangre. Estaban «obligados» a eliminarlos si querían conservar un bien mayor, la raza pura, el ideal humano. Pero al lado de esos fanáticos que teorizaban y diseñaban los planes de exterminio estaba la gente corriente. Esa «buena gente» comprendió enseguida hasta qué punto podían beneficiarse de la desaparición de tantos alemanes, o polacos..., de tantos compatriotas mejor cualificados que ellos mismos; y dejaron aflorar sus más bajos instintos. Tardaron poco en sentirse cómodos, aceptando que los nuevos excluidos, en el fondo, nunca habían sido de los suyos, que siempre les habían tenido envidia de los judíos, que llegaron de otros lugares y fueron capaces de progresar y llegar más lejos que ellos, que siempre habían temido al diferente, al de otra cultura, al de otra condición sexual... Los ideólogos de la solución final fueron pocos; los ejecutores, bastantes más, pero nada hubiera sido posible si millones de «buenos alemanes» no se hubieran comportado como los buenos vascos que siguen en Euskadi las consignas del «partido guía». Ese «partido guía» liderado por ese ejemplo de moderación, esa perla blanca llamada Josu Jon Imaz.
Tiene razón Aguirre: es el PNV quien nos pone en la diana, y nuestros dirigentes del PSE, quienes asienten con la cabeza o callan. Si a quienes discrepamos -seamos socialistas o no- nos llaman crispadores o nos invitan a irnos al PP -al que previamente han calificado como «derecha extrema»-; si el lendakari le dijo hace nada en el Parlamento vasco a María San Gil: «Ustedes representan lo peor de este país» -de un país en el que hay terroristas-, ante el silencio cómplice del PSE; si Diego López Garrido dijo hace dos días en el Congreso de los Diputados que «el PP es un arma de destrucción masiva», ¿qué pueden pensar los que tienen las pistolas y la costumbre de actuar poniendo la teoría en práctica? ¿Puede alguien extrañarse de que muchos de nosotros nos sintamos más abandonados, más solos que nunca?
No es éste un artículo optimista. No hay motivos. Llamar a las cosas por su nombre es la mejor contribución que se puede hacer para intentar que las cosas cambien. Como dijo Hanna Arendt a su vuelta del exilio norteamericano, indignada por la pasividad e indiferencia de sus compatriotas ante su responsabilidad histórica, «describir los campos de exterminio sin ira no es ser objetivo, sino indultarlos».
Valga esta reflexión y esta denuncia para que si nuestros nietos nos preguntan algún día: «¿tú qué hiciste cuando pasaba eso?», podamos darles una respuesta mirándoles a los ojos.
La "buena gente"
La "buena gente" no sólo habla desde la supuesta superioridad de su raza o el pueblo primigenio al que presume de pertenecer. La buena gente suele hablarnos también desde una supuesta superioridad moral de una supuesta izquierda; una izquierda cuyos límites ellos mismos definen y cuyos carnés de pertenencia ellos mismos otorgan.
La "buena gente" es ésa que dictamina quiénes han dejado de ser de los suyos, y quiénes deben irse a militar en otro partido político, al que previamente han calificado de extrema derecha o -haciendo la gracieta del día- de derecha extrema.
La "buena gente" condena los atentados y los seguimientos a demócratas acreditados; es la misma buena gente que previamente les ha calificado como «teóricos de la extrema derecha» y se ha jactado de que «no les ven nunca paseando...» por donde ellos presumen de pasear con total impunidad ante la bestia.
La "buena gente" es la que señala -personal y/o colectivamente- a aquellos que considera impulsores y colaboradores activos de un partido político al que previamente y en los mismos medios han calificado como defensores de una nueva guerra civil. Es la misma buena gente que acusa al partido al que adscribe a los amenazados de desear que ETA vuelva a matar.
La "buena gente" es la que se levanta por la mañana con «ganas de pegar dos tiros a más de uno», pero que defiende con denuedo que con ETA las cosas sólo se arreglan dialogando. Tiros para los discrepantes, buenas maneras y sonrisa abierta para los que tienen pistolas; corderos en la calle, lobos en casa.
La "buena gente" es la que lleva al Pleno de su municipio una declaración contra el Foro Ermua, exigiendo que ese colectivo cívico deje de utilizar el nombre de su pueblo porque «criminalizan el diálogo». La buena gente es la que, para no crispar y para estar a bien con quien manda, se pliega y no le importa criminalizar a quienes son objetivamente las víctimas. Esa buena gente también puede pasear ahora tranquila en ese pueblo; el que no podía pasear tranquilo era Miguel Angel Blanco.
La "buena gente" suele estar «muy preocupada» porque Batasuna no pueda presentarse a las elecciones. Es tan buena gente que legalizarían al partido nazi en Alemania para que todos estuvieran contentos; es tan buena gente que quieren que los que defienden las ideas que exigen de la aniquilación del contrario para llevarse a cabo puedan competir en las urnas con los representantes de los partidos políticos a los que quieren eliminar. Es esa misma buena gente que no se preocupa, que le parece que forma parte del paisaje que centenares de ciudadanos salgan de casa cada día con escoltas. Y que decenas de concejales no conozcan en sus pueblos a uno solo de sus votantes. Porque votan pero callan; porque el miedo campa por sus anchas en Euskadi; salvo para algunos, claro.
La "buena gente" llama por teléfono rápidamente cuando se sale en los papeles de ETA. Esa buena gente suele olvidar -cuando muestra dolorosa su pesar- que antes de que se salga en esos papeles alguien -tantas veces próximo a quien llama- calificó al receptor de la llamada como «enemigo del proceso» y como amigo de la ultraderecha que quiere una nueva guerra civil; es esa misma buena gente que considera que Otegi es un hombre de paz o que declara que De Juana Chaos está en «el proceso».
La "buena gente" aparece enseguida cuando hay un muerto; son la misma buena gente que olvida decir a la familia del asesinado que llevan meses reuniéndose con su enemigo.
La "buena gente" es la que manda a buscar aguiluchos en las banderas que se exhiben en las manifestaciones de la AVT, el PP o Foro Ermua; es esa misma gente que no ve los cuervos asesinos con rostro humano en las manifestaciones de todos los viernes en Bilbao y San Sebastián; ni en las fotos de los terroristas que portan los participantes de la korrika, esa manifestación cultural-deportiva, subvencionada con fondos públicos, que se supone nació para defender el euskara -que, como todo el mundo sabe, está perseguidísimo en Euskadi-, y que se convierte cada año en un alarde y reivindicación del nacionalismo obligatorio, del exclusivismo lingüístico y del terrorismo asesino.
Hay algunos dentro de esa "buena gente" que hasta tienen mala conciencia. Razones no les faltan. Pero ésos suelen ser los peores; porque se saben traidores a lo más sagrado, a la convivencia con el sufrimiento, a las confidencias, a las debilidades expresadas... Y para salvarse han de huir hacia delante, han de descalificar personalmente a aquéllos a los que han expulsado del redil en el que están sus nuevos dioses. Son las «criaturas ministeriales» que citaba Savater rememorando a Schopenhauer.
Hay que tener mucho cuidado con tanta "buena gente". A poco que te descuides se ofrecen para organizarte el funeral.
Si yo fuera creyente afirmaría que si Jesucristo estuviera entre nosotros echaría del templo y a patadas a tanta "buena gente". Como a los fariseos. Pero como no parece que eso vaya a ocurrir, nos toca a nosotros quitarles la careta. Y señalarles y mirarles con todo el desprecio que se merecen los cobardes que comercian con el dolor.
martes, 3 de abril de 2007
Estupendo artículo sobre valeya
VÍA LIBRE
El sueño de Olga
- “¿Ditinotoqué?”, exclamó con gesto de asco, tan inclinada hacia delante que sus ojos apenas podían mirar al Juez.
Don Javier suspiró. Sin elevar la voz repitió casi deletreando: “Dinitrotolueno y nitroglicerina, nitroglicol y nitrato amónico. No era Goma 2 ECO. Usted debería intentar averiguar qué explotó, de dónde salió, quién lo puso. ¿No cree?”
Nunca antes le había llamado a su despacho. Parecía sombrío y serio. “Señor, la mochila de Vallecas tenía…”
- “Señora, no la vieron tras cuatro registros, no sé cómo llegó a esa Comisaría, ni por qué tenía una bomba que no podía explotar y una tarjeta innecesaria que parecía la tarjeta de visita de Zougam. Ni entiendo por qué el moro ese no salió corriendo cuando oyó las noticias. Pero aunque lo entendiese, lo que había en la mochila no era lo que explotó en los trenes, sino Goma 2 ECO. ¡Sin nitroglicerina ni dinitrotolueno!”
- “Sin… nini… trini… Pero eso no estaba… en los análisis, y… Manzano dijo …”
- “¡No hicieron análisis en tres años!”
- “Pero… en la Kangoo…Sánchez Manzano dijo…”, balbuceó la Fiscal.
- “No sé qué había en la Kangoo. Los policías no se aclaran entre ellos. ¡Ni con el perro! Pero en la furgoneta apareció Goma 2 ECO. ¡Sin nitroglicerina ni dinitrotolueno! ¿Entiende? ¡Analizaron todo menos lo que explotó en los trenes!
Olga abrió la boca y miró al Juez por encima de las gafas: con su miopía, era como no mirarle. “Tenían Goma 2… en las mochilas, y luego la pusieron… en el AVE… y en Leganés …”
“Señora Fiscal, el atentado del AVE se parece al de Atocha como un huevo a una castaña. Y lo de Leganés… Ya hablaremos. ¡Pero al menos póngase de acuerdo consigo misma! ¿Llegaron por un rastreo a las cuatro o un tiroteo a las cinco? Y después lo discute con Sánchez Manzano, que a las 12 ya sabía que tenía función en Leganés. Hablaremos de eso…Pero ahora dígame: ¿qué explotó allí?
Dio un respingo sonriendo como una niña que acierta una adivinanza, y casi saltó al gritar “¡Goma 2 ECO, Señoría!”
- “¡Muy bien! Y la Goma 2 ECO, ¿Tiene dinitrotolueno y nitroglicerina?
- Ni…ninito…¿Cómo… dice, Señor?
- ¡Necesito pruebas! El arma del crimen, una imagen, un testimonio fiable, una huella en el lugar del crimen… ¡Algo! Lleva seis meses explicando que desde unos teléfonos se llamaba mucho a otros, que los policías no se enteraban ni de lo que oían, que algunos iban a la mezquita y hablaban de Yihad. ¡Quiero saber quién preparó las bombas, con qué explosivo, quién las puso y por qué desde ese día unos cuantos agentes hacen cosas muy raras! ¡Su trabajo no es defender policías, Señora, sino buscar pruebas! ¿No ponía eso en el temario de la oposición? ¿No quiere saber quién mató a tanta gente? ¿Y por qué hay policías que lo intentan ocultar?
La mirada de Olga estaba perdida, su boca abierta e inmóvil, salvo por un imperceptible temblor en el grueso labio inferior. De las últimas palabras, solo escuchó lo de “mató a tanta gente”. Imaginó portadas de periódicos con grandes letras, y recordó aquella tarde ante el Tribunal de Oposición, la sonrisa de los jueces, amigos todos de su familia… Pero entre ellos vio el rostro severo del Fiscal Jefe, que tanto le gritaba últimamente, y empezó a temblar…
“¿Me oye? ¿Me escucha usted? ¡Roberto! ¡Roberto!”
El auxiliar entró sin llamar, como siempre que la voz del Juez reflejaba premura.
- “Llévese a esta mujer, que le ha dado un patatús. Llame a un médico si quiere, pero no quiero verla”. Al cogerla del brazo, pareció responder mecánicamente, y salió del despacho como una ciega guiada.
Don Javier apretó una tecla del ordenador, y sonaron de inmediato las notas del más sobrio cuarteto de cuerda del genio de Bonn. Volvió en seguida el ayudante. “¿Algo más?”. “Sí, Roberto. El Tribunal ha preparado esta lista de citaciones. Las de Rubio, Manzano, Rancaño… la de Ruiz y… esta dos... no las curse aún. Debo prepararlo. Eso es todo” Roberto miró la lista. “La que se va a liar, Señor...” “Se lió hace mucho, Roberto. Ahora, a desliarlo”. Ambos sonrieron.
Olga se miró en el espejo de la salida. Le colgaba la toga como a un fantasma. Las gafas, enormes, parecían crecer. En la pared, un calendario anticuado marcaba unos números: “2 04 07”. “Dos más cuatro, seis, más siete, trece. ¡Mala suerte! ¡Lo que tengo hoy solo es mala suerte!”. Se volvió a mirar: “toga… nunca llevo toga fuera de… y este espejo...“.
Despertó de golpe. Casi eran las siete. En el enorme calendario sobre su mesilla se leía “02 04 2007”. ”Dos más cuatro, seis, más dos ocho, más siete quince”. ¡No tendré mala suerte! ¡Ha sido un sueño! ¡No tengo que preocuparme! Y se acurrucó en la cama esperando el sueño entre cálculos…
Autor: Asís Tímermans
El sueño de Olga
- “¿Ditinotoqué?”, exclamó con gesto de asco, tan inclinada hacia delante que sus ojos apenas podían mirar al Juez.
Don Javier suspiró. Sin elevar la voz repitió casi deletreando: “Dinitrotolueno y nitroglicerina, nitroglicol y nitrato amónico. No era Goma 2 ECO. Usted debería intentar averiguar qué explotó, de dónde salió, quién lo puso. ¿No cree?”
Nunca antes le había llamado a su despacho. Parecía sombrío y serio. “Señor, la mochila de Vallecas tenía…”
- “Señora, no la vieron tras cuatro registros, no sé cómo llegó a esa Comisaría, ni por qué tenía una bomba que no podía explotar y una tarjeta innecesaria que parecía la tarjeta de visita de Zougam. Ni entiendo por qué el moro ese no salió corriendo cuando oyó las noticias. Pero aunque lo entendiese, lo que había en la mochila no era lo que explotó en los trenes, sino Goma 2 ECO. ¡Sin nitroglicerina ni dinitrotolueno!”
- “Sin… nini… trini… Pero eso no estaba… en los análisis, y… Manzano dijo …”
- “¡No hicieron análisis en tres años!”
- “Pero… en la Kangoo…Sánchez Manzano dijo…”, balbuceó la Fiscal.
- “No sé qué había en la Kangoo. Los policías no se aclaran entre ellos. ¡Ni con el perro! Pero en la furgoneta apareció Goma 2 ECO. ¡Sin nitroglicerina ni dinitrotolueno! ¿Entiende? ¡Analizaron todo menos lo que explotó en los trenes!
Olga abrió la boca y miró al Juez por encima de las gafas: con su miopía, era como no mirarle. “Tenían Goma 2… en las mochilas, y luego la pusieron… en el AVE… y en Leganés …”
“Señora Fiscal, el atentado del AVE se parece al de Atocha como un huevo a una castaña. Y lo de Leganés… Ya hablaremos. ¡Pero al menos póngase de acuerdo consigo misma! ¿Llegaron por un rastreo a las cuatro o un tiroteo a las cinco? Y después lo discute con Sánchez Manzano, que a las 12 ya sabía que tenía función en Leganés. Hablaremos de eso…Pero ahora dígame: ¿qué explotó allí?
Dio un respingo sonriendo como una niña que acierta una adivinanza, y casi saltó al gritar “¡Goma 2 ECO, Señoría!”
- “¡Muy bien! Y la Goma 2 ECO, ¿Tiene dinitrotolueno y nitroglicerina?
- Ni…ninito…¿Cómo… dice, Señor?
- ¡Necesito pruebas! El arma del crimen, una imagen, un testimonio fiable, una huella en el lugar del crimen… ¡Algo! Lleva seis meses explicando que desde unos teléfonos se llamaba mucho a otros, que los policías no se enteraban ni de lo que oían, que algunos iban a la mezquita y hablaban de Yihad. ¡Quiero saber quién preparó las bombas, con qué explosivo, quién las puso y por qué desde ese día unos cuantos agentes hacen cosas muy raras! ¡Su trabajo no es defender policías, Señora, sino buscar pruebas! ¿No ponía eso en el temario de la oposición? ¿No quiere saber quién mató a tanta gente? ¿Y por qué hay policías que lo intentan ocultar?
La mirada de Olga estaba perdida, su boca abierta e inmóvil, salvo por un imperceptible temblor en el grueso labio inferior. De las últimas palabras, solo escuchó lo de “mató a tanta gente”. Imaginó portadas de periódicos con grandes letras, y recordó aquella tarde ante el Tribunal de Oposición, la sonrisa de los jueces, amigos todos de su familia… Pero entre ellos vio el rostro severo del Fiscal Jefe, que tanto le gritaba últimamente, y empezó a temblar…
“¿Me oye? ¿Me escucha usted? ¡Roberto! ¡Roberto!”
El auxiliar entró sin llamar, como siempre que la voz del Juez reflejaba premura.
- “Llévese a esta mujer, que le ha dado un patatús. Llame a un médico si quiere, pero no quiero verla”. Al cogerla del brazo, pareció responder mecánicamente, y salió del despacho como una ciega guiada.
Don Javier apretó una tecla del ordenador, y sonaron de inmediato las notas del más sobrio cuarteto de cuerda del genio de Bonn. Volvió en seguida el ayudante. “¿Algo más?”. “Sí, Roberto. El Tribunal ha preparado esta lista de citaciones. Las de Rubio, Manzano, Rancaño… la de Ruiz y… esta dos... no las curse aún. Debo prepararlo. Eso es todo” Roberto miró la lista. “La que se va a liar, Señor...” “Se lió hace mucho, Roberto. Ahora, a desliarlo”. Ambos sonrieron.
Olga se miró en el espejo de la salida. Le colgaba la toga como a un fantasma. Las gafas, enormes, parecían crecer. En la pared, un calendario anticuado marcaba unos números: “2 04 07”. “Dos más cuatro, seis, más siete, trece. ¡Mala suerte! ¡Lo que tengo hoy solo es mala suerte!”. Se volvió a mirar: “toga… nunca llevo toga fuera de… y este espejo...“.
Despertó de golpe. Casi eran las siete. En el enorme calendario sobre su mesilla se leía “02 04 2007”. ”Dos más cuatro, seis, más dos ocho, más siete quince”. ¡No tendré mala suerte! ¡Ha sido un sueño! ¡No tengo que preocuparme! Y se acurrucó en la cama esperando el sueño entre cálculos…
Autor: Asís Tímermans
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