martes, 17 de julio de 2007

Realidad y Lenguaje

Cuanto más llaman los tambores a agotar esta «exitosa legislatura», más verosímil se antoja que estemos ante la enésima añagaza e intoxicación del presidente. En todo caso, si claro está que hará lo que le venga en gana -lo que en este caso es incluso legítimo y legal- también lo está que mucho y muy pronto se ha lanzado a la orquestación de gestos preparativos si realmente tiene intención -ETA mediante- de llegar a marzo. Y hasta ahora no había destacado precisamente como gran previsor nuestro inmenso visionario. Aseguran quienes dicen saber que no habrá elecciones hasta el final porque los socialistas aún no han encargado su logística electoral. Escasa razón parece. Los socialistas -incluidos sus órganos directivos- se enteran ya por su periódico de lo que ha decidido su jefe. Como en Moscú a partir de 1934 después de la muerte de Kirov y como le pasa al Partido Comunista en Cuba que lleva una década sin organizar congresos. Todo lo que haya que saber se comunica por medio del Pravda o el Granma, -por email, sms, parte radiado o diario de la mañana-. También los candidatos a puestos públicos o cargos regionales.
Más allá de la desaparición de los socialistas como organización de debate interno y su conversión en aparato piramidal de funcionarios obedientes por devoción, interés o miedo, tiene interés sociológico ver cómo los nuevos nombramientos de ministros y la reactivación de José Bono, el gran comulgador por excelencia, generan tan poca individualización como si hubiera sido la elaboración de la «Biografía de robots» de Norman Manea. Apiñados todos en torno al caudillo muestran, justito, justito, el mínimo carácter necesario para dar credibilidad a su entusiasmo en la sumisión. Con esta estructura ya plenamente impuesta se presupone a todo buen soldado pierda el mínimo pudor en sus defensas de mentiras insólitas, obscenas manipulaciones y perversiones del lenguaje y la negación obstinada de realidades palpables. Una vez que, en el relativismo absoluto en el que toda la realidad puede ser interpretada y reinterpretada, queda marcada «la verdad del momento». Sus críticos han de ser descalificados, la desviación perseguida. No se admiten tibiezas. Porque la lógica de poder impuesta por Zapatero dentro del partido es sin duda la que quiere imponer a la sociedad si tiene ocasión con una segunda legislatura. Y si las amenazas e intimidaciones dentro del partido han tenido el éxito del que Zapatero presume y muchos socialistas se avergüenzan (eso sí, en silencio o la intimidad), nadie dude de la voluntad de aplicarlas también en aquellas comunidades del Estado en las que todavía existe resistencia.
Por eso un partido como el socialista puede permitirse una mascarada como la organizada para despreciar a Miguel Ángel Blanco, a su familia y al partido del que era miembro cuando murió, sin que se produzca una rebelión interna de dignidad con más cuerpo que el formado por aquellos socialistas ya represaliados en purgas pasadas para su escarmiento y advertencia a otros tras la llegada a la dirección de Zapatero. El ejemplo de Carlos Totorica es trágico. Ante el dilema, optó por la sumisión y el cargo. Es perfectamente comprensible además de ser probablemente la suya la conducta más generalizada. Las hay mucho peores por su celo en la militancia sectaria como han demostrado en el Parlamento Europeo. Pero más allá de la catadura de su guardia pretoriana, el problema está en la ruptura del lenguaje común habido -y lo hubo por mucho que mientan hasta que Zapatero llegó al poder en el PSOE- entre los demócratas españoles. Eso sí, ha logrado un fluido diálogo con enemigos del orden constitucional español dentro y fuera. Ayer este periódico ya informaba que también Francia tiene las actas de la coordinación de intereses varios entre los socialistas y ETA. Es un consuelo que los tenga alguien decente. Porque pronto pueden aparecer en el tablón de la Bodeguita de En medio en La Habana.

lunes, 9 de julio de 2007

Entusiasmo en torno al mago

Los socialistas dicen estar de nuevo eufóricos con su jefe, José Luis Rodríguez Zapatero. Tras el debate sobre el estado de la Nación -en el que consideran fue más ágil con la faca que su adversario Mariano Rajoy-, y tras el recambio en cuatro ministerios, aquellos que empezaban a no tenerlas todas consigo, pero también aquellos que creían probable un desastre, han recuperado la fe en la «baraka» del presidente. Es lo que tiene la magia. Ahora en la nueva España, en la que ha de combatirse seriamente las supersticiones de todo tipo, especialmente las religiosas, el mago ha inventado nuevas pócimas y la tribu se nos lanza con fe renovada a los bailes rituales. El entusiasmo es desbordante o al menos como tal se presenta y nadie parece de repente dudar en que hasta marzo hay tiempo para hacer olvidar o reinventar directamente el pasado de la legislatura que para marzo concluye.
Hace probablemente bien Zapatero en agotar la legislatura para poner tiempo entre la consulta y sus fechas más vergonzantes. Con esa soltura suya, el optimismo antropológico y la osadía que le caracterizan está claro que él ya apenas se acuerda pero que tiene razones para pensar que una mayoría de los españoles también haya olvidado para entonces. Los anunciados atentados de ETA para este verano tendrán un mayor efecto revelador de su fracaso y su temeridad en el otoño. Para primavera podrán ser ya parte general del paisaje nacional -como siempre, se dirá- y se echará a los perros a quien recuerde que la situación nada tiene que ver con la heredada del Gobierno anterior. Y además siempre podrán buscarse fórmulas de hallar nuevos contactos discretos al menos para preparar la nueva ofensiva de paz si los cálculos electorales funcionan.
El proceso iniciado en Navarra seguirá su curso por titubeantes que sean de momento sus inicios. Y lo hará porque forma parte de una estrategia mucho más amplia cuyas consecuencias son imprevisibles pero tampoco importa demasiado si, al margen de amagos y fintas coyunturales, se logra ampliar los territorios donde las alianzas de socialistas con fuerzas más o menos radicales, dispuestas a la coerción, intimidación y al clientelismo, hacen cada vez menos probables allí votos de castigo al Gobierno y por tanto posible una alternancia en Madrid. Al fin y al cabo es de esto de lo que todo trata, desde las ganas infinitas de paz, las fotos del pasado y del futuro y la dinamitación ya prácticamente consumada, del consenso de la Transición. Salvo improbable arrebato de sentido común por parte de las fuerzas políticas moderadas después de las próximas elecciones, Zapatero seguirá con su juego que es magia en sus métodos, pero que tiene una motivación muy alejada de la buena fe que tantos se empeñan aun en suponerle.
La presión política y social hará que la resistencia a este proceso general se convierta en heroicidad e insensatez con consecuencias tan claramente negativas para los ciudadanos que muchos de los aun discrepantes acabarán declarándose «apolíticos» u optando por el silencio y la resignación. Así los regímenes periféricos, bajo los caciques de nuevo cuño, se convierten en seguros interesados garantes del sueño de Alicia y como bien se ha visto durante esta legislatura, ni siquiera los barones de los territorios siempre dominados han podido hacer frente a este proceso que a medio plazo resultará inviable por imposible de financiar. Pero eso tampoco importa demasiado ante la magnitud de los proyectos que le surgen al presidente mago de las entrañas. Nada puede hacer ya este presidente por ganarse la confianza de quienes consideran toda su legislatura como una perfecta estafa. Al menos nos ha hecho el favor de nombrar a un ministro de Cultura que no genera vergüenza ajena como su antecesora. Aunque está claro que sus nuevos ministros llegan ya única y exclusivamente para la agitación electoral desde cargos en principio destinados a la administración política del Estado, muchos le agradecemos el cese de una profesional del ridículo. Aunque le queden muchos.